Cómida rápida ultraprocesada y poco saludable

Obesidad y pobreza: el peso invisible de la desigualdad

Cuando se habla de obesidad, casi siempre se pone el foco en lo mismo: «Hay que comer mejor», «Debe hacerse más ejercicio», «Hay que aprender a controlarse». Y sí, claro, una alimentación saludable y realizar ejercicio con regularidad son importantes. Pero lo que no se dice es que no todas las personas tienen las mismas oportunidades para hacerlo.

Porque, aunque no lo parezca a simple vista, la clase social influye mucho en el peso corporal. Y no, no estamos hablando de prejuicios ni de culpas, sino de realidades que afectan el día a día de millones de personas.

En los países desarrollados las personas con menos ingresos o menor nivel educativo tienen más probabilidades de vivir con sobrepeso u obesidad.

Existen numerosos datos que muestran que en estos países las tasas de obesidad son más altas en barrios con menos recursos. Sin ir más lejos, en España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), hasta el 22,37 % de las personas pertenecientes a las capas más bajas de renta tiene obesidad, frente al 9,29 % de las que viven en las familias con mayor poder adquisitivo

Y entre las mujeres, esta diferencia es aún más clara: las que tienen menos estudios o ingresos suelen presentar niveles de obesidad mayores que las que tienen formación universitaria.

Pero ¿por qué se da esta situación? ¿Qué tienen que ver los ingresos y la extracción social con el peso?

A continuación, vamos a dar algunas claves.

#1 El acceso a alimentos saludables

Existe una idea muy instalada en nuestra sociedad de que «comer bien es solo una cuestión de voluntad». Pero la realidad es mucho más compleja.

Así pues, los alimentos más baratos suelen ser los menos saludables. Es decir, alimentos ultraprocesados llenos de azúcar, sal y grasas.

Por ejemplo, un paquete de galletas cuesta menos que una bandeja de frutas o una pizza congelada llena más que una ensalada.

Si, además, en la población o en el barrio en el que viven estas personas cuesta encontrar establecimientos con productos frescos, y, en cambio, hay unas cuantas tiendas de comida ultraprocesada a tiro, ello quiere decir que las opciones saludables no están a su alcance.

Hombre joven de espaldas ante uns estantes con alimentos variados en un supermercado.

#2 La precariedad laboral y la falta de tiempo

Las personas en situación de vulnerabilidad suelen tener trabajos más exigentes físicamente, con horarios irregulares o múltiples empleos. Esto dificulta la posibilidad de planificar las comidas, cocinar en casa o realizar actividad física de forma regular.

Además, el estrés crónico asociado a la inseguridad laboral, la precariedad o la falta de tiempo libre puede aumentar la tendencia a comer en exceso, sobre todo alimentos ricos en azúcares y grasas, que activan mecanismos de recompensa en el cerebro.

Así pues, no es casualidad que muchas personas recurran a la comida como consuelo emocional.

#3 Las características del entorno

Hacer ejercicio de forma regular, dar un paseo o sentarse a leer, conversar o relajarse lejos del mundanal ruido, el asfalto y el hormigón no siempre es sencillo.

Sobre todo, si se vive en una población o barrio donde no hay parques, donde las calles son inseguras o donde no hay espacios para caminar.

La falta de espacios verdes en áreas urbanas y rurales puede contribuir de forma significativa al aumento de la obesidad.

Y es que los parques y las áreas recreativas no solo fomentan la actividad física, sino que también mejoran la salud mental, promueven las interacciones sociales y proporcionan un entorno seguro para el ejercicio.

Varias personas pasean en bici por un sendero con árboles en otoño en una ciudad.

Otras alternativas, como, por ejemplo, apuntarse a un club deportivo o ir a un gimnasio, tampoco resultan baratas. Y no todo el mundo se lo puede pagar o dispone de tiempo para sacarle provecho.

#4 La educación y la alfabetización nutricional

El nivel educativo influye en la capacidad para interpretar etiquetas nutricionales, entender la importancia de una dieta equilibrada y reconocer la publicidad engañosa.

La falta de formación en estos temas deja a muchas personas expuestas a mensajes comerciales que promueven productos insanos como si fueran saludables.

Una mujer y un hombre mayores leen la información nutricional de un producto en un establecimiento de alimentación.

Esta situación lleva a muchas familias a adoptar dietas poco nutritivas, ricas en calorías, lo cual incrementa el riesgo de obesidad y enfermedades asociadas como la diabetes tipo 2 o la hipertensión.

Por todo ellos, los menores que crecen en entornos con poca educación nutricional es más probable que desarrollen obesidad desde edades tempranas.

Y así, la obesidad se reproduce de una generación a otra.

#5 Cómo romper el círculo vicioso de la desigualdad

Cuando miramos la obesidad desde esta perspectiva, se entiende que no es solo una cuestión individual, sino también un problema social.

Y ahí es donde entra la desigualdad.

Muchas personas viven atrapadas en un círculo difícil de romper: escasos recursos → peores condiciones de vida → más estrés → peor alimentación → menos acceso a atención médica → más obesidad → más discriminación → más dificultades laborales… y vuelta a empezar.

Para romper este círculo, es necesario ir más allá de la prescripción de una alimentación saludable y de una vida más activa.

Para ello es fundamental la implicación de las administraciones y la apuesta firme por medidas como las siguientes:  

  • Subvencionar alimentos saludables y aumentar los impuestos a productos ultraprocesados y azucarados.
  • Mejorar el acceso a espacios públicos seguros para la actividad física en todos las poblaciones y barrios.
  • Impulsar campañas de educación alimentaria adaptadas a diferentes niveles educativos y culturales.
  • Reformar los sistemas de salud para que brinden atención integral, sin estigmas, a personas con obesidad.
  • Crear entornos escolares y laborales saludables donde se promueva la alimentación equilibrada y la actividad física regular.

Si queremos combatir la obesidad, no podemos seguir mirando solo el plato.

Hay que valorar también el contexto, las oportunidades y el entorno en el que vive cada persona.

Porque comer bien y tener una vida activa y saludable no debería ser un lujo sino un derecho.

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