Tres de cada diez bulos en internet y redes sociales están relacionados con la alimentación. Y lo más preocupante: se comparten siete veces más rápido que la información veraz.
En un contexto de sobreinformación, el consumidor está expuesto a mensajes contradictorios. La mitad de los españoles reconoce que le cuesta entender el etiquetado nutricional, y menos del 50 % confía plenamente en lo que declaran los fabricantes.
En ese terreno de confusión los bulos crecen con facilidad. Y aunque algunos parezcan inocentes, otros tienen consecuencias reales sobre la salud y los hábitos de consumo.
Un estudio reciente, Salud, alimentación y fake news, elaborado por la Oficina Alimentaria de la consultora LLYC, en colaboración con Newtral, medio de comunicación especializado en la verificación de datos, revela que la desinformación alimentaria se ha convertido en un auténtico problema de salud pública.
#1 Los mitos que más daño hacen
El informe de LLYC recopila cinco falsas creencias muy extendidas que distorsionan nuestra relación con la comida.
1. «La leche es mala; mejor las bebidas vegetales»
Durante los últimos años, la leche ha pasado de ser un alimento básico a convertirse casi en un villano. Los titulares sobre intolerancias, hormonas o digestiones difíciles han impulsado la idea de que «las bebidas vegetales son siempre mejores».

Sin embargo, el informe recuerda que la leche sigue siendo una fuente valiosa de proteínas, calcio y vitaminas, y que las bebidas vegetales no son nutricionalmente equivalentes, salvo la de soja fortificada.
Conclusión. No se trata de obligar a nadie a beber leche, sino de recordar que «natural» no siempre significa «más sano». Sustituir sin criterio puede provocar carencias nutricionales, sobre todo en edades de crecimiento y en personas mayores. Las bebidas vegetales son válidas para quienes tienen alergia, intolerancia o siguen dietas veganas, pero no son equivalentes nutricionales.
2. «Todo lo procesado es malo»
«Natural» no significa «inocuo» ni «procesado» equivale a «tóxico».
Procesar los alimentos (pasteurizar, fermentar, congelar) ha sido una de las grandes conquistas de la humanidad en materia de seguridad alimentaria.
El problema no está en el procesamiento, sino en la abundancia de ultraprocesados de baja calidad: aquellos que concentran azúcares, grasas y sal en exceso, con poco valor nutritivo.
Conclusión. El peligro de este mito es que nos lleva a pensar en términos absolutos, cuando lo importante es el equilibrio. Demonizar todos los procesados puede generar miedo y confusión e incluso alejarnos de alimentos perfectamente saludables.
3. «El azúcar es un veneno»
Pocas palabras generan hoy tanto rechazo como «azúcar».
Es cierto que un consumo elevado de azúcares añadidos está directamente relacionado con la obesidad y otras enfermedades metabólicas. Pero afirmar que «todo azúcar es un veneno» es una exageración.
Existen dos tipos de azúcares: los azúcares intrínsecos, que están de forma natural en frutas o verduras, y los azúcares libres o añadidos, que están presentes en los refrescos y la bollería industrial.
El problema está en el exceso de los segundos, no en el hecho de que exista azúcar en sí.
Conclusión. Reducir el consumo de azúcar es necesario, pero no hace falta eliminarlo por completo de nuestra dieta. Se trata de un nutriente cuyo impacto depende del tipo, la cantidad y el contexto. Los azúcares libres en exceso son perjudiciales; los intrínsecos forman parte de una dieta saludable.
4. «La carne es menos saludable que la proteína vegetal»
El debate entre proteína animal y vegetal suele reducirse a una cuestión de «bueno y malo».
Sin embargo, la realidad es mucho más matizada. La carne aporta proteínas completas, hierro hemo, vitamina B12 y otros compuestos bioactivos de origen animal, mientras que las proteínas vegetales pueden ser igualmente saludables, pero requieren una combinación cuidadosa de alimentos para cubrir todos los nutrientes.

Conclusión. Un consumo moderado de carne roja de sistemas extensivos y locales, junto con alimentos vegetales, sigue siendo imprescindible. Lo importante no es excluir, sino equilibrar.
5. «Los aditivos son peligrosos»
Los aditivos tienen mala fama, aunque la mayoría están autorizados por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) y pasan controles rigurosos antes de poder utilizarse.
Los aditivos cumplen funciones fundamentales, como conservar, estabilizar o mejorar la textura de los alimentos.
El riesgo no está en el aditivo en sí, sino en los productos donde aparecen en exceso, como los ultraprocesados pobres en nutrientes.
Conclusión. No hay que temer al E-330 o al E-202 si se consumen dentro de una dieta variada y equilibrada. El verdadero reto debe ser reducir la dependencia de ultraprocesados en la dieta.
#2 Tres casos reales que cambiaron la cesta de la compra
1. Las fresas de Marruecos
Una alerta sanitaria puntual en marzo de 2024 por un lote de fresas importadas desde Marruecos contaminado con hepatitis A derivó en un pánico colectivo. Aunque el riesgo estaba controlado, el daño a la imagen del producto fue enorme.
Un titular mal contextualizado bastó para hundir la confianza en las importaciones de esta fruta.

2. El panga
En 2017, varios reportajes emitidos por televisión cuestionaron los métodos de cría del panga, un pescado de agua dulce de origen asiático.
Las cadenas de supermercados lo retiraron y sus ventas cayeron, pese a que no se demostró que hubiera un riesgo grave.
La percepción, no los hechos, cambió el mercado.
3. El aceite de palma
El impacto ambiental del aceite de palma, por la deforestación, y su perfil nutricional, por su carácter graso, generaron una crisis sin precedentes.
Las marcas reaccionaron eliminándolo, a veces sin ofrecer alternativas mejores.
Un ejemplo de cómo una narrativa emocional puede más que los matices científicos.
#3 Cómo combatir los bulos: tres pasos clave
El informe Salud, alimentación y fake news propone una metodología con tres pasos para frenar la desinformación:
1. Anticipar. Detectar las señales tempranas de desinformación, monitorizar redes sociales y preparar mensajes claros antes de que el bulo se propague.
2. Responder. Reaccionar rápido y con transparencia. Las voces expertas —nutricionistas, médicos, científicos— deben comunicar con lenguaje sencillo, sin alarmismo ni tecnicismos.
3. Recuperar. Después de la crisis, evaluar el impacto y reconstruir la confianza. La clave no es resistir, sino aprender y reforzar la comunicación para ser más fuertes la próxima vez.
#4 Alimentar la mente con información veraz
En la era de las redes sociales, un bulo puede arruinar la reputación de un alimento, confundir a millones de personas y perpetuar malos hábitos que alimentan la epidemia de obesidad.

Por eso, comer bien no solo significa llenar el plato con alimentos saludables,
sino también alimentar la mente con información veraz, contrastada y comprensible.
A pesar de que los bulos sobre alimentación seguirán existiendo, cada uno de nosotros puede poner su granito de arena para frenarlos con las siguientes acciones:
- No compartir información sin verificar.
- Seguir a profesionales de nutrición acreditados.
- Desconfiar de las soluciones «milagrosas».
- Apoyar los contenidos que promueven la educación y el pensamiento crítico.
Porque cuidar la salud empieza también por cuidar la información que consumimos.



