Imagen nocturna de una mano que apaga un despertador que señala las seis de la mañana.

Volver a la rutina sin obsesionarse con el peso

Septiembre tiene algo de segundo enero. Para la gran mayoría de personas, terminan las vacaciones, se recuperan los horarios, vuelve el trabajo y, casi inevitablemente, aparecen los buenos propósitos. Entre todos ellos, hay uno que se repite año tras año: perder los kilos ganados durante el verano.

Basta con echar un vistazo a las redes sociales, la publicidad o las portadas de algunas revistas para encontrarnos con dietas, planes detox, retos de pocas semanas y todo tipo de fórmulas que prometen ayudar a recuperar rápidamente el peso anterior a las vacaciones.

Detrás de este mensaje existe una idea muy arraigada: durante el verano nos hemos excedido y ahora toca compensarlo. Hemos comido más a menudo fuera de casa, nos hemos tomado algún helado, hemos alargado las sobremesas, hemos tomado más cerveza o alguna que otra copa, no hemos pisado el gimnasio y, al contrario, hemos pasado más horas tumbados en una hamaca.

Septiembre se convierte así en una especie de penitencia después del supuesto descontrol veraniego. Pero ¿realmente necesitamos compensar nuestras vacaciones? Quizá el mejor propósito para este septiembre sea otro: volver a cuidarnos sin declarar la guerra a nuestro cuerpo.

#1 Las vacaciones son para disfrutarlas

Durante las vacaciones cambian nuestras rutinas. Así pues, nos acostamos y levantamos más tarde, comemos a horas diferentes, salimos más a restaurantes y terrazas y quizá hacemos menos ejercicio programado. Aunque también puede ocurrir lo contrario: hay quien camina mucho más, nada, monta en bicicleta o practica actividades que durante el resto del año apenas realiza.

Dos personas relajadas en la playa en una tumbona y bajo un parasol

Son solo unas pocas semanas dentro de todo un año. Sin embargo, con frecuencia regresamos de las vacaciones con la sensación de haber hecho algo mal. Y la báscula puede reforzar esa percepción. Si marca algunos kilos de más, aparece de inmediato la necesidad de eliminarlos cuanto antes.

Pero el peso corporal fluctúa y no todos los cambios que observamos en la báscula corresponden a un aumento de grasa. La hidratación, el contenido intestinal, el consumo de sal y carbohidratos, los cambios hormonales e incluso la hora a la que nos pesamos pueden modificar el número que vemos.

Si durante las vacaciones hemos ganado algo de peso, la pregunta debería ser: ¿es necesario responder con una dieta restrictiva? En la mayoría de los casos, ir recuperando las rutinas habituales resulta mucho más razonable que intentar compensar unas semanas de vacaciones con varias semanas de restricciones.

#2 De la relajación a las restricciones

El mecanismo es conocido. Llega septiembre y nos proponemos adelgazar. Eliminamos determinados alimentos, reducimos las cantidades, volvemos al gimnasio como si no hubiera un mañana y establecemos una lista de prohibiciones que difícilmente podremos mantener durante mucho tiempo.

Los primeros días pueden incluso resultar estimulantes. Existe la sensación de estar recuperando el control. Pero cuando el plan exige demasiado esfuerzo, empiezan las dificultades. Un día no vamos al gimnasio, otro cenamos fuera, aparece una celebración o simplemente sentimos hambre y terminamos comiendo aquello que habíamos decidido prohibirnos.

Entonces llega la frustración.

Ese pensamiento de todo o nada es uno de los grandes enemigos de los hábitos saludables. Si entendemos el hecho de cuidarnos como el cumplimiento de una serie de normas, cualquier desviación parece un fracaso. Y cuando creemos que hemos fracasado, resulta mucho más fácil abandonar.

Por eso, quizá el problema no esté en nuestra falta de voluntad, sino en el hecho de fijarse unos objetivos demasiado rígidos y poco compatibles con la vida real.

#3 Recuperar en vez de compensar

Hay una palabra que aparece con frecuencia después de las vacaciones: compensar. Compensar lo que hemos comido, las cervezas y las copas que nos hemos tomado, los helados que hemos consumido, los días que no hemos ido al gimnasio o en los que no hemos practicado ningún deporte…

El problema es que esta manera de pensar puede convertir la alimentación y el ejercicio en una especie de sistema de premios y castigos.

Si hemos comido una pizza, tenemos que correr para quemarla.

Si hemos cenado demasiado, al día siguiente debemos saltarnos el desayuno.

Si hemos ganado peso, toca restringir.

Podemos cambiar esa lógica por otra mucho más sencilla: recuperar.

Recuperar nuestros horarios, una alimentación variada y sana, el movimiento cotidiano, las horas de sueño, las rutinas que sabemos que nos hacen sentir bien…

Mujer vestida de deporte con una botella de agua y un plato de comida sana a punto de comer.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia la relación que establecemos con nuestra salud.

Ya no intentamos pagar una deuda acumulada durante las vacaciones. Simplemente, volvemos poco a poco a nuestra vida cotidiana.

#4 Pequeños cambios en lugar de grandes propósitos

Uno de los errores más habituales que se cometen después de las vacaciones es querer cambiarlo todo a la vez.

Podemos comenzar recuperando cierta regularidad en las comidas, incorporando más verduras, frutas, legumbres y alimentos poco procesados, bebiendo agua con mayor frecuencia o reduciendo la ingesta de aquellos productos que durante las vacaciones hemos consumido más a menudo de lo que es habitual.

Lo mismo ocurre con el ejercicio. Después de varias semanas de menor actividad, quizá no tenga demasiado sentido empezar entrenando intensamente seis días por semana. Caminar más, subir escaleras, desplazarnos a pie cuando sea posible y recuperar dos o tres sesiones semanales de actividad física puede ser un comienzo mucho más realista.

Y no debemos olvidar el descanso. Las vacaciones también alteran nuestros horarios de sueño. Recuperar poco a poco una rutina regular y dormir suficientes horas forma parte del cuidado de nuestra salud tanto como comer bien o hacer ejercicio.

Los cambios pequeños tienen una ventaja fundamental: pueden mantenerse.

Y cuando hablamos de salud, lo que hacemos durante meses y años importa mucho más que lo que somos capaces de hacer durante dos semanas.

#5 Moverse para cuidarse, no para castigarse

El regreso de las vacaciones suele coincidir con un aumento de las matrículas en gimnasios. Hacer ejercicio es una excelente decisión, pero el motivo por el que lo hacemos también importa.

La actividad física tiene beneficios que van mucho más allá de la pérdida de peso: mejorar la salud cardiovascular, conservar y aumentar la masa muscular, fortalecer los huesos, mejorar la movilidad y favorecer el bienestar psicológico.

Clase dirigida de actividad física al aire libre.

Si el único indicador de éxito es perder kilos, podemos sentir que el esfuerzo que realizamos es en vano cuando el peso se estabiliza.

Si, en cambio, observamos que tras el esfuerzo realizado podemos caminar más tiempo sin cansarnos, subir escaleras con mayor facilidad, levantar más peso, dormir mejor o sentirnos con más energía, descubrimos que nuestra salud puede mejorar de muchas maneras más allá de la pérdida de unos kilos.

#6 Precaución con la báscula

Pesarse puede ser una herramienta útil en determinados contextos, sobre todo cuando forma parte del seguimiento de un tratamiento. Pero la báscula no debería convertirse en el juez diario de nuestros esfuerzos.

Pies sobre una báscula.

El peso es solo uno de los muchos indicadores relacionados con la salud. La presión arterial, la glucosa, el colesterol, la capacidad cardiovascular, la fuerza muscular, la calidad del sueño, la movilidad o el bienestar emocional también importan.

Por eso podemos plantearnos propósitos que no incluyan ningún número de kilos: caminar durante un mínimo de media hora varios días a la semana, cocinar más a menudo en casa y comer menos fuera, consumir más fruta y verdura, dormir siete u ocho horas al día, recuperar un deporte que nos gusta o pedir ayuda profesional si llevamos mucho tiempo intentando gestionar nuestro peso sin conseguir los resultados esperados.

Quizá algunos de estos cambios representen también una reducción del peso. Pero esa no tiene por qué ser la única medida del éxito.

#7 Los milagros no existen

La insatisfacción que muchas personas sienten al regresar de vacaciones constituye también una oportunidad comercial. Septiembre es terreno fértil para productos y servicios que prometen resultados rápidos: dietas milagro, suplementos quemagrasas, batidos sustitutivos, programas detox o retos que aseguran transformar nuestro cuerpo en pocas semanas.

Conviene desconfiar de las soluciones que prometen grandes pérdidas de peso en muy poco tiempo, eliminan grupos enteros de alimentos o presentan un producto concreto como imprescindible para adelgazar.

Nuestro organismo no necesita «purgar» las vacaciones. Tampoco existe una fecha límite para recuperar hábitos saludables.

Si queremos hacer cambios importantes en nuestra alimentación o abordar un problema de obesidad, lo adecuado es recurrir a profesionales sanitarios cualificados que puedan valorar nuestra situación individual y establecer objetivos realistas.

#8 Un septiembre diferente

Quizá este año podamos plantearnos septiembre de otra manera.

Podemos volver a la rutina sin pesarnos cada día, sin revisar las fotografías del verano buscando defectos, sin castigarnos por las comidas, los helados o las tardes de terraza, sin convertir el gimnasio en una penitencia y sin empezar una dieta que sabemos que difícilmente podremos mantener.

En lugar de todo ello, podemos preguntarnos algo mucho más útil: ¿qué hábitos nos ayudan a sentirnos y estar mejor? Tal vez la respuesta sea caminar más, cocinar en casa con más frecuencia, dormir mejor, recuperar los entrenamientos de fuerza, comer con mayor tranquilidad, pasar menos tiempo sentado, dejar de pensar en nuestro peso o pedir ayuda profesional.

Cuidarse no significa hacerlo todo a la perfección, sino encontrar una manera de vivir que podamos mantener también cuando llegue octubre, Navidad, Semana Santa y, de nuevo, el próximo verano.

Las vacaciones no son un paréntesis que tengamos que pagar después. Forman parte de nuestra vida, igual que las celebraciones, los restaurantes, los días de descanso y esos momentos en los que nuestros hábitos no son los que habíamos previsto.

Por eso, este septiembre quizá el mejor propósito no sea tener que adelgazar, sino recuperar poco a poco las rutinas que cuidan de nuestra salud. Sin prisas, sin culpa y, sobre todo, sin convertir la cifra de la báscula en el protagonista de nuestra vuelta a la normalidad

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