Los españoles tenemos la percepción de que nos encontramos bien. Este podría ser uno de los titulares que arroja la última actualización de la Encuesta de Salud de España (EsdE) publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) y el Ministerio de Sanidad. Y es que el estudio revela que un 68,3% de los españoles valora su estado de salud como bueno o muy bueno. Sin embargo, si comparamos este dato con las respuestas de la anterior encuesta (2023), vemos que esta percepción baja 5,8 puntos. Así pues, los españoles sí que consideramos que nos encontramos bien, pero no tanto como hace unos años.
La encuesta, que pregunta sobre aspectos muy variados de salud, como las enfermedades crónicas, el tabaquismo, el consumo de alcohol o la salud mental, también incluye un apartado dedicado al peso.
En Demos el PASO hemos considerado interesante recopilar algunos de los datos de la encuesta vinculados al peso corporal para tener una radiografía del momento y ver dónde nos encontramos.
Lejos de quedarnos solo con los datos, vamos un poco más allá de los números para ahondar en las causas que hay detrás de las cifras, las consecuencias de todo ello y las medidas que deberían implementarse.
Y este es el resultado.
#1 Exceso de peso y obesidad al alza
Más de la mitad de los adultos en España conviven con el exceso de peso, una realidad que confirman las últimas actualizaciones de la encuesta. Los datos oficiales revelan que la obesidad y el sobrepeso han dejado de ser un problema estético o un factor de riesgo aislado para consolidarse como una de las crisis de salud pública más apremiantes.
Para comprender la magnitud del problema, es imprescindible analizar los indicadores ponderales que la ESdE arroja sobre la población española. Si se observan las tendencias y los datos consolidados más recientes, la prevalencia del exceso de peso, que engloba tanto el sobrepeso como la obesidad, no ha dejado de escalar de forma sostenida.
En el cómputo global de las personas mayores de 18 años, el 54,4% de la población presenta un peso superior al normal. Esto significa que cruzar la barrera del normopeso ya no es la excepción, sino la norma estadística.

El desglose de este exceso de peso, según los criterios del Índice de Masa Corporal (IMC), revela que el sobrepeso (un IMC comprendido entre 25 y 29,9 kg/m²) afecta a cerca del 39,8% de los adultos.
La obesidad (un IMC igual o superior a 30 kg/m²) se sitúa en torno al 17,2% de la población adulta en sus mediciones recientes, lo que representa un claro incremento frente al 15,2% registrado en periodos previos del histórico de salud nacional.
Además, el 7,6% de la población entre los 2 y los 17 años presenta obesidad. Si se consideran conjuntamente el sobrepeso y la obesidad, la prevalencia alcanza el 28,1% entre los niños y el 22,4% entre las niñas. Tras el descenso observado en 2023, el exceso de peso infantil vuelve a aumentar, sobre todo entre los niños.
#2 Más hombres que mujeres
Uno de los factores más llamativos de la encuesta es la disparidad en la distribución del peso según el sexo biológico. Los hombres presentan tasas notablemente superiores de exceso de peso en comparación con las mujeres,
Así pues, el exceso de peso global en los hombres escala hasta el 61,4%, impulsado por el hecho de que un 47,6% de la población masculina padece sobrepeso.
El porcentaje total de exceso de peso en las mujeres se sitúa en un 48%, con un 32,9% de sobrepeso.
En lo que respecta a la obesidad estricta (IMC ≥ 30), las cifras entre ambos sexos tienden a igualarse en la madurez, rondando el 15-17%, pero el colchón del sobrepeso masculino anticipa un riesgo latente de evolucionar hacia la obesidad si no se revierte la tendencia.
En el otro extremo, el peso insuficiente afecta mayoritariamente a las mujeres más jóvenes, en concreto a un 6,6% de las chicas de entre 18 y 24 años, frente a solo un 3,5% de los hombres en ese mismo rango.
La encuesta evidencia que los problemas de peso están muy ligados al ciclo vital. El porcentaje de personas con obesidad se incrementa de forma lineal a medida que se cumplen años. El pico máximo de prevalencia se alcanza en el segmento de la población mayor de 65 años, donde las tasas de obesidad superan el 20%. La pérdida progresiva de masa muscular, el descenso del metabolismo basal y la adopción de estilos de vida más sedentarios explican este comportamiento demográfico.
#3 Cada vez más activos
Aunque el sedentarismo disminuye, la actividad física crece y existe una mayor conciencia sobre la importancia de cuidarse, estos factores no inciden demasiado en los resultados de la encuesta.
Así pues, el sedentarismo en el tiempo de ocio sigue disminuyendo y se sitúa en el 24,8% de la población, muy por debajo de los niveles observados en encuestas anteriores. El sedentarismo continúa siendo más frecuente entre las mujeres (28,5%) que entre los hombres (21%) y aumenta con rapidez en las edades avanzadas. Entre las personas de 85 años o más, afecta al 66,6% de las mujeres y al 52,4% de los hombres.
La actividad física beneficiosa para la salud durante el tiempo libre aumenta respecto a 2023, pero conserva una diferencia apreciable por sexo: el 64,1% de los hombres y el 55,1% de las mujeres practica alguna actividad física al menos un día a la semana.
El desplazamiento habitual a pie es muy frecuente y similar en ambos sexos, mientras que el uso de la bicicleta para desplazarse es casi tres veces mayor entre los hombres.
En la población infantil, el tiempo de pantalla aumenta con la edad. Entre semana, el 39% de los menores de 1 a 4 años, el 57,7% de los de 5 a 9 años y el 76,7% de los de 10 a 14 años pasan una hora o más al día frente a una pantalla durante su tiempo libre.

#4 Fruta y verdura, más presentes
La percepción de que existe una mayor concienciación a la hora de cuidarse se pone de manifiesto con el aumento de consumo de fruta y verdura que se observa respecto a la encuesta anterior.
El 58% de la población consume fruta fresca a diario y el 36% toma verduras, ensaladas u hortalizas todos los días. Ambos indicadores mejoran respecto a 2023, sobre todo entre las mujeres, pero todavía no recuperan los valores observados en ediciones anteriores. Las mujeres mantienen una mayor frecuencia de consumo diario de fruta y verdura que los hombres.

El consumo diario de fruta presenta un marcado componente social, pasando del 62,6% en la clase más favorecida hasta el 54,8% en la clase menos favorecida.
En sentido contrario, el consumo diario de refrescos azucarados aumenta desde el 1,8% en la clase más favorecida hasta el 8,5% en la menos favorecida. La diferencia es muy marcada entre los hombres.
#5 Más allá de los datos: un problema social y sanitario
El análisis clínico y sociológico de estos datos nos obliga a ir mucho más allá de una simple lectura numérica. La primera valoración obligatoria es de carácter médico: la obesidad no es una mera condición física o un factor de riesgo aislado, sino una enfermedad crónica y recidivante que actúa como la puerta de entrada para múltiples patologías letales o altamente discapacitantes.
Una de las conclusiones que se extrae al cruzar los datos de la encuesta con los indicadores socioeconómicos es que la obesidad es una enfermedad que afecta sobre todo a personas con rentas más bajas y menores niveles de estudios, cuyas tasas de obesidad prácticamente duplican a las de las personas más favorecidas.
Hoy en día en España comer de forma saludable resulta caro. Los alimentos frescos han sufrido tensiones inflacionarias complejas, mientras que los productos ultraprocesados hipercalóricos, cargados de harinas refinadas, grasas de mala calidad, azúcares y sal, se mantienen como alternativas económicas y accesibles para familias con presupuestos ajustados. Además, la falta de tiempo por la precariedad laboral imposibilita la conciliación necesaria para cocinar y empuja a la población hacia el consumo de platos preparados industriales.
Por todo ello urge modificar los hábitos de consumo de masas actuando sobre el precio de los alimentos y a su acceso. Deben aplicarse impuestos disuasorios a los productos ultraprocesados y a las bebidas azucaradas y restringir la publicidad de alimentos con perfiles nutricionales deficientes dirigida a menores en televisión, plataformas de streaming, redes sociales y videojuegos. Así mismo, hay que implementar un sistema de etiquetado que informe de forma clara y sin tecnicismos confusos cuándo un producto excede los límites recomendados de azúcar, grasas saturadas o sodio.
A todo esto hay que sumarle otros factores, como la automatización del trabajo, el ocio ligado a las pantallas y el diseño de ciudades orientadas al tráfico de vehículos, en lugar de al peatón, que configuran lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica como un entorno obesogénico, es decir, diseñado para que ganemos peso de manera pasiva.
Para revertir esta situación es necesario rediseñar los municipios para que sean caminables, fomentar el uso de la bicicleta creando carriles bici segregados y seguros y favorecer el acceso a las instalaciones deportivas con horarios flexibles y precios asumibles.

Los datos de la Encuesta de Salud de España nos sitúan ante una encrucijada histórica. Seguir tratando el exceso de peso como una debilidad de carácter individual nos aboca a un país con una ciudadanía más enferma, una peor calidad de vida y un sistema sanitario público colapsado económicamente por el gasto derivado de las patologías crónicas.
Revertir los datos sobre obesidad de la encuesta requiere valentía política para enfrentarse a determinados intereses comerciales y determinación social para exigir entornos urbanos y alimentarios más humanos y saludables. Solo si conseguimos evolucionar desde la responsabilidad individual a la corresponsabilidad colectiva e institucional seremos capaces de garantizar un futuro próspero y saludable para nuestra sociedad.



